My World As I See

martes, 26 de octubre de 2010

Tulipán


No entendí del todo como había llegado allí y no tenía idea de donde me encontraba. Estaba de pie en una calle encementada, donde no pasaba un solo vehículo y el silencio era lo único que dominaba. A mi lado se alzaban cantidad de edificios imponentes, de aquellos que te hacen recordar lugares donde se reúne gente del ámbito económico y de gran poder. Todos daban la impresión de ser construcciones bastante adineradas y exclusivas, excepto una.  Había un edificio que se diferenciaba de sobremanera de los demás. Las puertas daban la impresión de ser de madera toscana, aquella que me hacía recordar a la casa de mi abuela. Las ventanas estaban hechas de aquel vidrio especial que te hace recordar las casas de veraneo en el sur, algo bastante extraño por cierto, considerando que estábamos en plena capital. La pintura era de un color verde chillón, digno de un payaso, mientras que las ventanas estaban decoradas en su mayoría con arbustos y flores de todos los colores.
A pesar de que la construcción se veía “disminuida” comparado con el resto de las edificaciones, no dejaba de sorprender con un aire de misterio y felicidad a todo aquel que la miraba.
De pronto, y sin previo aviso, una música rompió el silencio reinante hasta ese momento. Era una melodía feliz, una especie de himno hacia las cosas buenas de la vida. Sus notas me hacían recordar a esas canciones típicas de momentos felices de películas o cuando el protagonista encuentra lo que estuvo buscando durante todo el film. El sonido salía del edificio, por todas sus ventanas, como diciendo que algo extraordinariamente bueno sucedía allí adentro.
De un momento a otro, la puerta principal se abrió súbitamente, dejando escapar un desfile de personas que bailaban al son de la música. Me sorprendí al ver a gente de la más diversa índole, desde payasos con  grandes narices rojas, hasta un hombre en zancos de aproximadamente tres metros. Juntos con ellos, iban los responsables de aquella feliz música. Una banda de músicos, todos produciendo aquel sonido armonioso que llenaba de felicidad a toda la comitiva. Trompetas, bombos, guitarras, tubas, violines, muchísimos instrumentos se juntaban para formar aquella alegre canción. Todos bailaban alegremente al son de la música, sin preocupación, disfrutando el momento presente y sin pensar en nada más. Noté que no estaban preocupados que los viesen armando tal escándalo, ni haciendo todos aquellas morisquetas y gestos en un barrio tan serio como pensé que era. Solo caminaban, reían, sollozaban de alegría, seguían a su corazón y el compas de la música, sin escuchar las voces a su alrededor.
Siguieron inexorablemente su rumbo, regalándole al mundo toda aquella alegría, saltando, brincando, corriendo. Parecía que el simple hecho de estar vivos era razón suficiente hacer eso. Poco a poco el grupo de gente comenzó a alejarse, hombres de alegres colores, payasos de risas estridentes, niños con su inocencia intacta, todos, todos comenzaron a alejarse mientras la música desaparecía con ellos.
Me quedé allí de pie, preguntándome que era todo eso. No me parecía lo más apropiado armar tal escándalo en un lugar tan de aspecto tan ejecutivo.
Entre medio de mis pensamientos, noté que la puerta principal de aquel curioso edificio estaba abierta.
-           ¿Y porqué no?- me dije.
Avancé lentamente hacia allí, como esperando que alguien saliera de la nada y me preguntara qué estaba haciendo, pero eso no sucedió.
Llegué hasta el pórtico, y tras un segundo de vacilación, atravesé la puerta.
Una vez adentro, pude notar un marcado estilo barroco, algo que hacia un claro contraste con el tono chillón y feliz de afuera. Las lámparas iluminaban levemente el pasillo, dejando entrever una suerte de misterio en cada una de las puertas a sus lados. La alfombra que recubría el piso hacía pensar que sabía infinitas historias, que cada marca en ella era portadora de una historia increíble e irrepetible marcada por algún ancestro que vivió aquí muchos años atrás. Las paredes estaban recubiertas de una alfombra fina de color rojo, lo que daba la impresión de estar en algún lugar que hacía recordar la burguesía de antaño.
Me pareció que la música que venía tocando aquella gente aun estaba flotando levemente en el aire, como si no quisiera irse de aquel místico lugar.
De pronto, una de las puertas se abrió frente a mí, sobresaltándome un poco.  De ella surgió un hombre sentado en silla de ruedas, discapacitado, empujando con una fuerza notable las ruedas de sus asientos. Era bastante pequeño, aunque se notaba que la carencia de piernas la compensaba con arduas sesiones de ejercicios para sus brazos. Era rubio y con pelo largo hasta la cintura. Llevaba una camisa de alegres colores, algo parecido a la del grupo que se acaba de ir, aunque no tan chillona.
Me pregunté si no se había quedado rezagado del grupo debido a su dispacidad.
De prontó, el hombre se dio la vuelta, y con ayuda de sus fuertes manos avanzó hasta mí, dándome un abrazo de aquellos que te hacen pensar que no has visto a esa persona en años, tal vez décadas.
.- Hola muchacho – Dijo regalándome una gran sonrisa.- ¿Así que estás perdido? Ven, te mostrare el camino correcto.
No dije nada, tan solo me dejé guiar, preguntándome donde estaba y donde llevaría toda esa parafernalia.
Sin decir una palabra, el hombrecillo abrió la primera puerta a mi derecha, señalándome con la cabeza que echara una ojeada a su interior...
Adentro no había nada. Era solo una habitación a oscuras, totalmente cubierta en penumbras.
- Ehhh.- Exclamé con una voz de no entender nada.- Está todo oscuro.
Hizo caso omiso de lo que dije.
-       ¿Qué se supone que debo ver?
-       Lo que tus ojos quieran ver - respondió
No entendí bien lo que quería decir, aunque supuse que eran aquellas típicas metáforas de películas donde te demuestran el camino correcto y las respuestas a todas tus preguntas.
-       No se trata de eso.- me dijo, haciéndome sobresaltar en extremo.-  solo se trata de ver lo que quieres ver.
Me había dejado pasmado, acaba de leer mi pensamiento. Las dudas surgían en mí en ese momento más que nunca.
-       La vida no se trata de lo que tienes delante, pues todo es lo que tú quieres que sea.
Me costó un momento recuperarme de la impresión y volver a tomarle atención
-       ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
-       Es lo que quieres ver y nada más. Todo lo que ves aquí, frente a ti, es lo que tú eres, directo desde lo más profundo de tu alma.
De pronto la luz de cuarto pareció desvanecerse poco a poco, como cuando una cortina negra se levanta lentamente para mostrar lo que esconde.
Una flor, un tulipán violeta, estaba en el centro de la habitación. Se movía levemente, como queriendo atrapar la luz que se acaba de mostrar hace solo un momento.
-       ¿Qué crees que hace aquella flor?
Observé que la flor se mecía suavemente de un lado a otro, como bailando al son del canto que aquel grupo había dejado detrás.
-       ¿Buscando el sol? – respondí.
-       Está buscando aquello que la mantiene viva, aquello que la mantiene con un motivo y una razón de vida en este mundo.
Pensé durante un segundo lo que había dicho, intentando olvidar por un momento todas mis dudas y que era todo aquello,
-       ¿Y cuál es mi motivo? – dije finalmente.
-       Eso debes descubrirlo tú. Debes entender que la vida es una película sin rodar. Tú eres quien decide lo que pasará.
-       ¿Y cómo lo hago?
-       La flor es lo que quiere ser, yo soy como quiero ser. Tú puedes ser lo que quieres ser.
Me sorprendió que una persona en silla de ruedas me dijera que era quien quería ser.
-       Tan solo disfruto lo que tengo. La vida me ha regalado una oportunidad para disfrutar. Tan solo busco mi propia felicidad, siendo quien quiero y me propongo ser, sin mirar hacia atrás.
Por un momento me puse en el lugar de él, pensando en que poseía algo tan maravilloso y simple como es el don de caminar.
-       La felicidad no se trata de lo que el mundo espera de ti – me dijo cerrando la puerta suavemente.- Tan solo se trata de encontrar tu luz propia, aquello que te mantiene feliz y disfrutando cada nuevo día que la vida te regala.
Cerré los ojos un momento y pensé que tal vez la vida no es un libro escrito donde todo ya está predicho. Pensé que la vida es lo que uno quiere que sea, moldeando lo que será en el futuro con cada paso en el presente, buscando lo que te hace feliz, tal como aquella flor buscaba el sol que la hacía subsistir.
-       Creo que ya sé a lo que te refie… - Se había ido. Me encontraba solo en aquel pasillo, sin nada más que lo que acaba de pasar.
-       Quizás.- pensé avanzando hacia la puerta y adentrándome nuevamente hacia el mundo exterior -  la vida es lo que yo quiero que sea.

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