My World As I See

lunes, 15 de noviembre de 2010

Mi primer Autito.

Mi primer Autito.

Aún recuerdo claramente mi cumpleaños numero ocho. Y como no olvidarlo si cuando me levanté ese día, sabía muy dentro de mí que todo sería distinto (o al menos eso creía).  Una semana atrás, había visto en la televisión aquél comercial, aquél que me hizo ver el mundo jugetístico automotriz de una manera distinta. Era un auto de carrera, pero no cualquier auto de carrera, era EL AUTO de carrera. Desde un primer momento me sorprendió su diseño de fuego, como representando la valentía de un osado piloto. Sus ruedas se deslizaban suavemente por el piso, así como una bailarina despliega su destreza en la pista de hielo. El vidrio delantero deslumbraba con la misma fuerza del sol en la mañana, mientras que su interior era una réplica exacta de un lamborghini a todo lujo… O al menos eso era lo parecía frente a mis ojos de niño, ya que claramente uno a esa edad no hace la diferencia entre el auto que te presentan espectacularmente al que realmente es. Pero eso no era todo, ya que el vehículo se deslizaba rápidamente por una pista llena plástica llena de picos y calaveras por todos lados. Era  sencillamente sensacional, tenía túneles, sonidos, luces que prendían y se apagaban, además de otras “Cientos de cosas más” que decía el que anunciaba el comercial, y que ciertamente no escuche de la emoción.
¡Papá! – Exclamé apenas vi la propaganda exagerada del auto en televisión – ¡Yo lo quiero!
Ya  veremos hijo, ya veremos – dijo mirando con cara de complacencia a mi madre.
Ese día, a pesar de mi corta edad, entendí  perfectamente lo que significaba esa mirada de satisfacción. Yo sabía que mis padres habían estado buscando mi regalo de cumpleaños, sin mucho éxito por cierto, así que el hecho de que yo estuviera ahí para ver el comercial les cayó como anillo al dedo.
El día anterior a mi cumpleaños, mis padres me dejaron solo en la casa para hacer esas raras compras mensuales a mitad de mes (Siendo que el refrigerador estaba más que lleno).  Yo a esa edad, obviamente ya era un niño grande  y sabia perfectamente que habían ido a  comprar mi regalo.
Una vez que salieron, decidí que les daría el lujo de pensar que no tenía idea de lo que habían ido a hacer, así que me encerré a ver “Aventura en pañales” en mi habitación, con el plan de hacerme el desinteresado para cuando ellos regresaran.  Predeciblemente para mis padres, mi plan no funcionó, ya que cuando escuché el ruido del motor del auto entrar por mi ventana, bajé rápidamente a husmear todas las bolsas que encontré.
Obviamente mis padres ya habían pensado la posibilidad de que hiciera exactamente lo que acababa de hacer, así que no encontré el autito que buscaba ni aquí, ni allá, ni por ningún lado. Finalmente, me fui a acostar con un ligero sentimiento de desolación, aunque la esperanza se hacia presente latiendo dentro de mí, diciéndome que sí me llegaría el súper auto a la mañana siguiente. 
Bueno, volviendo al día  cuando me desperté en mi octavo cumpleaños…  Ese día estaba tan emocionado que me caí de la cama al levantarme, algo que por cierto no hizo decaer el animo ni la expectación de lo que vendría ese día. Corrí rápido hasta la puerta, la abrí, y como una saeta bajé rápidamente hacia el living.

Allí, con un regalo en la mano, estaban mis padres.
-          ¡Feliz Cumpleaños! – dijeron al unísono.
-          ¡¡Mi regalo!! – grité antes de decir cualquier otra cosa.
Mis padres me entendieron. Desde chico fui un niño muy hiperactivo, que le gustaba ir de aquí para allá, saltando y corriendo. Era bastante flaco, aunque no por eso menos energético.  Siempre me gustó llevar el pelo alborotado, sin importar cual fuera la circunstancia. De hecho, ahora que lo recuerdo, mi madre tenia largas peleas conmigo para conseguir que saliera peinado decentemente de la casa, algo que nunca funcionaba por cierto, ya que cuando me alejaba de su campo visual me despeinaba de inmediato.  Mi madre siempre fue la que tubo que lidiar conmigo, ya que era la que estaba en la casa mientras mi papá trabajaba.  Siempre fue comprensiva conmigo, una persona bastante alegre y dedicada a todo lo que hacia. Mi padre en cambio, era el hombre fuerte de la casa. Había vivido toda su adolescencia haciendo el servicio militar en Calama, por lo que tenía un temperamento bastante duro. Con él siempre tuve más cuidado, ya que era quien ponía las reglas, el que ponía y quitaba castigos.
Sin embargo, hoy todo era felicidad,  pues era mi cumpleaños.
- Espero que te guste – dijeron pasándome el regalo con cara emocionada.
Sin decir ni una sola palabra, mis pequeñas manos empezaron a rajar con desesperación la envoltura de aquel paquete cuadrado que mis padres me habían ofrecido… Y sí, ahí estaba. El auto que había visto en televisión, acompañado además por la PISTA DE LA MUERTE (o al menos eso era lo que decía la caja).
“¿Quieres sentir la adrenalina y la velocidad del SUPER AUTO DE LA MUERTE? Pues acepta el desafío” – rezaba la caja, mientras que dentro de mi no aguantaba las ganas de probar el nuevo cacharro.
Mi padre se agachó y me ofreció ayuda para armar la pista, a lo que yo distraídamente asentí.
No pasaron ni diez minutos y la pista ya estaba completamente armada. Estaba allí, tan solo estaba allí (Créanme que si tuviera alguna forma mejor de explicar esto, lo haría).
¿Dónde están todas las luces? – Pensé – ¿Donde está toda aquella adrenalina explosiva que vi aquel día en el comercial? Toda aquella velocidad incontrolable que “Me haría sentir el más arriesgado piloto de carreras del mundo”
Decidí no dejarme abatir por la primera impresión, y arremetí a probar “El Auto de la muerte” en acción. Grande fue mi sorpresa al notar que el auto caía lentamente (Y cuando digo lentamente, es lentamente) por la pista de plástico, sin siquiera dar la vuelta a la primera curva que esta presentaba, decayendo como un fumador excesivo en los primeros minutos de trote.
-¿PERO DONDE ESTÁ TODA LA ACCIÓN? – Exclamé - ¿Dónde están las luces, la velocidad extrema, el espectacular salto final que decidiría si yo, Alexis Ereña, era o no el piloto más arriesgado de todo el mundo?
Ese día intenté una y mil veces hacer que “El auto” (Porque para ese momento ya había dejado de ser “El auto de la muerte”) corriera al menos la mitad de la pista, pero fue imposible. Un par de veces pasó la primera curva, pero de ahí, ni hablar. Tal vez piensen que ese día me puse triste, pero un niño grande como lo era en ese momento, ya no conoce la tristeza, y MENOS AÚN el llanto.  Así que me paré con mi cara impasible, les di un abrazo grande a mis padres en modo de agradecimiento, y me fui a jugar a la pelota con los otros niños del vecindario.



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